ENTRE MEDIAS Y GALLETAS

ENTRE MEDIAS Y GALLETAS

por Lic. Jorge Amaya

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Le decíamos ‘el panadero’, porque antes de conseguir su puesto en el banco había trabajado en la panadería que estaba en la esquina de Carlos Calvo y Santiago del Estero ayudando a producir pan y galletas. Era pelado, pulcro y puntilloso hasta el hartazgo; ‘un buen bancario’, decían.

En la otra punta de la ciudad, Robustiana Sosa de Taborda acariciaba medias ajenas todo el día. Artista del zurcido a mano, Robustiana esquivaba al hambre entre las sombras de la piecita alquilada en San Telmo.

Luis, el panadero, fue el ‘pibe de los mandados’ durante un tiempo pero se mostró capaz e inteligente con los números. Los años de experiencia en el banco le dieron más canas y arrugas que alegrías al pobre Luis pero, sin embargo, se consideraba a sí mismo un hombre feliz. Se había casado con Dorita, una entrerriana rellenita que se reía a carcajadas de la vida y del mundo. No tuvieron hijos y, de vez en cuando, se los veía apretados uno contra el otro  bailando un tanguito en alguna milonga.

Hacía años que, en la lejana provincia de La Rioja, alguna vinchuca vivaz robó de a poco el corazón del Negro Taborda y se lo quedó hasta matarlo pero no de amor. El Negro se casó con Robustiana sin saber que llevaba en su sangre la maldita enfermedad del Chagas y, después de veintitantos años de casados, una tarde de invierno, cayó al piso y no se levantó jamás.

Robustiana, en su soledad, encontró el sustento entre las prendas de obreros solteros que compraban su primer traje y necesitaban quien les acorte la botamanga, les haga unas ‘pinzas’ o le corrija la pretina del pantalón.

A Robustiana le sobraba corazón y le faltaba carne; ella juntaba primero la platita para el alquiler de la pieza y luego para su comida. Algún comedido le avisó sobre un ‘tal Rojas’ que, aseguraba, podía conseguirle una pensión porque la ley la amparaba y, hacia allí se dirigió la viuda del Negro Taborda, a paso lento con sus alpargatitas agujereadas y con medio dedo afuera.

El ‘tal Rojas’ era abogado previsional y peronista por convicción; aún resonaba en su poblada cabeza tucumana el artículo de la Constitución del ’49 que proclamaba los Derechos de la Ancianidad; y, por esta y otras muchas razones, el abogado se sentía verdaderamente peronista, y hacía hasta lo imposible para realizar su aporte a la causa de la Justicia Social.

Para el enero del ’51, Luis, el Panadero, fue ascendido en el banco y el gerente le demostró su confianza dejándolo a cargo de la Caja 1, la que atendía y desatendía a los hombres que debían cobrar su jubilación y a las mujeres que recibían su merecida pensión por viudez.

El Panadero era un hombre amable con el público que llegaba al banco, pero implacable y riguroso con el cumplimiento de las formas que debían cumplirse con cada trámite.

La tarde del lunes 10 de Julio, el ‘tal Rojas’ se presentó en la piecita donde pasaba sus horas y sus sueños Robustiana. El hombre le dejó unos papeles anunciándole que su trámite estaba terminado y que el viernes siguiente debía presentarse en la sucursal del banco de la calle Cerrito a cobrar su pensión; le dijo que le iban a pagar ‘retroactivo’ (palabra que Robustiana no comprendió) y que tuviera mucho cuidado con el dinero.

El abogado se retiró y Robustiana quedó pensando, queriendo comprender lo incomprensible, intentando creer que el gobierno de Perón le iba a pagar todos los meses un dinero para que ella pudiera comprarse lo que necesite. Parecía algo imposible de suceder pero ella se presentaría en el banco a reclamar su dinero; el que le dejó con su trabajo en el frigorífico su marido, el Negro Taborda.

Los días siguientes no fueron distintos para la anciana: recortó dobladillos y pegó botones, y hasta comenzó a tejer una ‘mañanita’ para ella misma con la lana de un pulóver que le dejó un cliente, y que ella destejió concienzudamente logrando cuatro ovillos grandes.

La ilusión de dejar de ser pobre de toda pobreza comenzó a hacer mella en su corazón de anciana. Con el dinero que cobrara de la pensión, pensó, podría comprar esos bocaditos con membrillo que vendían en la otra cuadra; también tener zapatos y hasta un tapadito de franela podría tener. Las horas comenzaron a hacerse eternas hasta la llegada del jueves. La pobre mujer sentía el latir pesado de su corazón y en la noche del miércoles 12 se dio cuenta que no podía conciliar el sueño a causa de su creciente ansiedad.

Dejar la pobreza no es cosa de todos los días y, es aquí, donde comienza a hilvanarse la verdad de saberse vivo. La vida de una persona pobre tiende a menoscabar la conciencia humana por el sólo hecho de vivir con el único objetivo de seguir viviendo, de no morir de frío un crudo invierno, de hambre una noche cerrada o de una enfermedad eterna, esas que se adueñan de los huesos, de la carne o de la sangre. La clave del olvido y del rencor no está en la muerte insuficiente sino en la letanía de vidas pasadas que, sin darse uno cuenta, se terminan pagando en un sufrido presente.

Robustiana salió de su casa a paso firme y con el monedero gris en la mano. Llegó al banco antes de que abrieran al público y esperó en la puerta; delante de ella había cuatro o cinco personas que, seguramente, como ella, cobrarían esos pesos que el gobierno peronista le otorgaba como derecho. Esos gloriosos pesos. Esos pesos salvavidas.

El banco abrió sus puertas y fueron entrando quienes esperaban en la vereda, entre ellos, Robustiana. Preguntó tal cual le había indicado el ‘tal Rojas’ y se presentó en la caja 1. El cajero era Luis, el Panadero, que no estaba enterado que ese día, ese hermoso y soleado día iba a conocer lo que era el miedo. No sería un asalto ni tampoco la muerte; miedo le daría aquella mujer a quien jamás olvidaría y, paradójicamente, comenzaría a amar como amaba a su madre, a su mujer o a Dios mismo.

El hombre detrás de la ventanilla le preguntó a la anciana en qué podía ayudarla; la mujer, en silencio y con una suave sonrisa le acercó el papel que indicaba que el gobierno peronista le pagaría con dinero contante y sonante el haber quedado viuda, el haber sufrido años, el haber comido poco y nada, el haber llorado mucho y más que eso.

El Panadero observó el papel y lo leyó detenidamente, se alejó y revisó unos documentos que había sobre una mesa de madera. Miró, leyó y releyó, aunque estaba seguro. Se acercó a la ventanilla y le dijo a Robustiana: “Señora, aún no ha llegado nada para usted, quizás mañana”.

A la pobre anciana se le desdibujó la sonrisa y un brillo singular asomó en el borde de sus ojos. “¿Pero cómo? ¿Entonces, era mentira?”, preguntó. “No digo eso señora”, aclaró Luis, “sólo que hoy es jueves y no ha llegado aún. Quizás mañana”.

Robustiana dio la vuelta y se dirigió a la puerta pensando que la habían engañado. A unos metros de la salida del banco su barbilla temblaba, sacó su pañuelo y lloró, lloró por su vida desconsiderada y absurda, por el tonto del Negro que se murió un día y la dejó sola en este mundo inclemente, lloró por la panza vacía y el corazón hecho añicos.

Los hombros y la cabeza de la anciana se movían porque el llanto era profundo y brutal. Toda su vida de penas estaba entre esas lágrimas.

Pero la vida está plagada de vivencias increíbles. Quiso la providencia o algún oportuno azar que en ese momento fuera acercándose lentamente un auto por la avenida. El conductor observó a la anciana y, parecía, que iba a continuar su viaje, pero una mano blanca se coló en su hombro y entonces detuvo el vehículo. Se abrió la puerta trasera y una pierna  de mujer con el pie cubierto por un lujoso zapato pisó el adoquinado. Era ella, María Eva Duarte de Perón, la Madre de todos los Pobres que, por algún desconocido designio se acercaba a Robustiana.

 

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“¿Qué le pasa abuela? ¿Por qué llora?”, le preguntó con ternura Evita a Robustiana.

La anciana levantó la mirada y fue como si un relámpago la atravesara impiadoso. Y le respondió: “Es que no me quieren pagar la jubilación”. Y largó un sollozo.

Evita se conmovió y a la vez sintió ese fuego adentro que, en ocasiones, la llevaba a luchar de todas las maneras posibles contra cualquier injusticia y siempre en defensa de los más débiles.

Tomó a Robustiana de la mano, entró al banco y, desde la puerta, le gritó a todo el que la quisiera escuchar: “¿Quién es el hijo de puta que no le quiere pagar la jubilación a la señora?”

Todos escucharon, todos levantaron la vista, todos reconocieron a la esposa de Perón, pero sólo uno enfermó de golpe y quiso morir allí mismo: Luis, el panadero.

El gerente salió de su oficina corriendo y a los tropezones, se acercó a Evita con una sonrisa de amor temeroso, ese amor que, en ocasiones, demuestran los cachorros ante su dueño.

El panadero observó de lejos, y no supo si acercarse a explicar lo sucedido con la señora o aprovechar que todo envolvía a Evita y salir corriendo para nunca más aparecer por allí.

Finalmente, todo se aclaró, porque leyeron el papel escrito por el ‘tal Rojas’ donde decía con claridad que Robustiana debía presentarse el día viernes y no el jueves como la ansiedad de la anciana la condujo.

Evita se quedó solo unos minutos más, porque era 14 de julio y debía llegar a un acto en la Embajada de Francia; no soltó la mano de la abuela hasta que se despidió dándole un beso en cada cachete flaco. Se acercó a Luis, le tendió la mano y le sonrió con esa sonrisa bella que sólo tienen los ángeles y le dijo: “Nunca abandone a los desamparados de la Patria. Ellos nos necesitan”.

Una garra invisible apretó la garganta de Luis y, la emoción le arrancó una lágrima lenta que cayó al borde de su nariz. Alcanzó a decirle: “Dios la cuide señora…”, y no pudo decir más.

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ACLARACIÓN NECESARIA: La anécdota, base de este cuento, fue relatada por el Padre Hernán Benítez, confesor de Evita, quien viajaba en el auto con ella. El libro de Norberto Galasso, “Yo fui el confesor de Eva Perón, lleva esta historia entre sus páginas. Los protagonistas, excepto Evita, los días y hechos anteriores, los nombres y los diálogos, son consecuencia de la imaginación del autor.