MARISA GUERIN: MUJER, MAESTRA, MILITANTE PERONISTA Y ESCRITORA

MARISA GUERIN: MUJER, MAESTRA, MILITANTE PERONISTA Y ESCRITORA

 

Por Prof. Joaquín G. Puebla

 

La Concejal Marida Guerin, más allá de su actividad política y responsabilidades familiares ha demostrado ser una escritora prolifera y con una pluma muy sensible ante la vivencia de la gente más humilde.

 

 

El pasado 22 de septiembre de 2015 presentó, en la VIII Feria del Libro de La Matanza, su primer libro, titulado “La casa grande” (https://semanarioquintopoder.com/esto-era-un-sueno/) y, ahora, presentará su segundo libro titulado “Claroscuros del Río y las Almas”.

 

 

Guerin tuvo la gentileza de acercarnos uno de los primeros ejemplares (cosa que agradezco enormemente por la deferencia) pero, más allá del agradecimiento por el obsequio, quiero hacerle un agradecimiento doble porque el leer su libro fue algo ameno y también, a pesar de las vivencias diferentes que hemos tenido, me he sentido identificado en varios párrafos de los distintos cuentos.

En este nuevo libro Guerin sigue marcando su compromiso social y esa sensibilidad que ya pocos autores tienen. La literatura está cambiando pero hay cosas que no cambian y esos son los buenos libros donde uno puede sentarse a leerlos y sumergirse en el apasionado relato donde, la autora, nos guía por las sendas de su alma.

 

 

Se nota que Guerin vivenció lo que escribe y eso la destaca porque atravesamos una época dónde, la mayoría de la gente, esconde sentimiento y trata de no mostrar los vericuetos del alma.

 

 

A modo de adelanto publicamos uno de los cuentos del libro “Claroscuros del Río y las Almas” de Marisa Guerin.

 

LA SEÑORA DE LA ROSA

 

En el mes en que llegan las flores, cuando el clima se vuelve cálido y los pájaros revolotean en pareja buscando alimento para sus crías, en esa estación tan significativa para la vida se daba en la Argentina un Golpe de Estado. Corría el año 1955; en el mes de septiembre una sublevación cívico-militar derrocaba al gobierno constitucional del presidente Juan Domingo Perón. La grieta que había existido en el país desde sus orígenes se profundizaba cada vez más. En cada provincia, en cada pueblo y en cada familia se dividían, con la misma pasión y con el mismo odio, peronistas y antiperonistas.

Julia vivía con sus padres y su hermana más pequeña, dos años menor que ella. A pesar de sus escasos cinco años Julia se daba cuenta de que su familia cada día se resquebrajaba más. En el hogar se había instalado el desamor, las traiciones y las mentiras. Sus padres se peleaban con frecuencia, con insultos y muchas veces hasta con golpes, siendo las hijas testigos de los hechos.

Su progenitor era hijo de un militar. “Lo único que tengo en común con Perón es que cumplimos años el 8 de octubre” decía pero, a pesar de su rechazo por el líder, él se sentía de alguna manera jerarquizado por la coincidencia en la fecha de nacimientos de ambos.

Norma, la madre de Julia, se recibió de Maestra Normal Nacional consiguiendo, al poco tiempo, su primer trabajo en un pueblo cercano, llamado Pastor Britos, lugar que trataba de crecer alrededor de una estación de tren. Su población era casi rural, dispersa en la zona, habitado por viviendas precarias y ranchos. En una loma, erguida y orgullosa, se levantaba la escuela, pintada de un blanco inmaculado, donde estaban distribuidas prolijamente las aulas y las casa de las maestras, generalmente jóvenes recién recibidas. Y en un lugar que quería ser patio de recreos se encontraba el mástil con la bandera argentina.

Norma había sido nombrada directora interina por su alto promedio. Con 18 años arribaba a ese lugar solitario y empobrecido. A los pocos días empezaron las clases, llegando los padres con sus hijos de la mano. La mayoría eran hijos de peones de estancias vecinas, que con lo poco que ganaban apenas podían comprar un par de alpargatas para que sus chicos concurrieran a la escuela. La nueva directora se sintió confundida: eran tan pobres sus alumnos que ni guardapolvos tenían.

Pero a los dos meses de clases le escribió una carta a Evita, la esposa del Presidente de la Nación Juan Perón, contándole las penurias de su escuelita.

La mando presintiendo que ella la iba a leer…

El día en que llegó el tren, con sus vagones repletos de maquinas de coser, juguetes, zapatos, útiles y guardapolvos, la joven lloró de alegría, veía la satisfacción en las caritas de sus alumnos y la emoción en los rostros curtidos de sus padres. Sus niños, por primera vez, iban a tener un par de zapatos y juguetes. Dos años vivió en la escuela, para después volver a su ciudad. Le había salido la titularidad como maestra. Norma volvió con su corazón encendido…

La madre de Julia se había transformado en una ferviente peronista. Empezó a militar en la rama femenina; se juntaba con otras mujeres generalmente jóvenes como ella y hablaban de sus derechos, de lo injusto que era el rol que les tocaba en la sociedad. Muchas de ellas bajo las miradas rígidas de sus maridos, vivían una vida de sometimiento, en una sociedad mezquina en donde solamente había espacio para los hombres. Norma pertenecía a ese sector social excluido, donde la injusticia de no poder participar y ser personas de segunda la sublevaba.

El peronismo surgía en ese momento, la clase obrera, y las mujeres principalmente empezaron a despertar, a tomar conciencia de sus derechos. Y las mujeres peronistas empezaron a enseñar a sus hijos la doctrina de Perón…y a organizarse políticamente.

El comedor de su casa, en una de las paredes, lucía un cuadro de una mujer hermosa, de sonrisa amplia y con una rosa en el pecho. En determinadas fechas, su madre le prendía una vela y le rezaba, la pequeña se daba cuenta de que esa señora era muy importante para su mamá, porque esta se dulcificaba cuando se paraba un buen rato mirando el cuadro. Julia había nacido en esa antinomia. Los domingos iba con su padre y hermana de paseo a la viviendas de sus abuelos paternos a pasar el día, donde cuadro de vírgenes, santos y cristos en cruces llenaban las paredes de la casa, mientras su abuela cocinaba y cantaba canciones religiosas. Pero la niña sabía que, cuando llegara a la tardecita a su casa, encontraría a su mamá y a la sonrisa de la Señora de la Rosa.

Su madre les había enseñado a sus hijas, desde muy chicas, a cantar la marcha peronista, los domingos esta se ponía de rodillas mientras le hacia las trenzas a su hija mayor, y le decía “¡Cantale la marchita a tu abuelo, a él le va a gustar!”, por eso ni bien llegaba Julia a la casa grande la niña se paraba al lado del patriarca y empezaba: “Los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos y como siempre daremos un grito de corazón, Viva Perón, Viva Perón…”,  el abuelo, con cara hosca, miraba a la pequeña, pero se quedaba en silencio.

Ese septiembre del ‘55 no solamente se producía la mal llamada Revolución Libertadora, que muchos la denominaron Revolución Fusiladora, porque en ella fusilaron y murieron personas, sino también se separaban sus padres: estos dividieron a las hijas: la mayor se fue con su progenitor a la casa de sus abuelos y la más chica se quedo con su madre.

Parte de su infancia y su adolescencia la pequeña Julia vivió rodeada de tíos, tías, sus abuelos  y su padre, pero nunca más escucho el nombre de su madre. El recuerdo de ella se fue desdibujando con el tiempo, quedando una imagen borrosa escondida entre sus recuerdos.

La niña, a partir de ese momento, empezó a vivir un derrotero donde lo que primo fue el orden y el recato. Como toda niña que se criaba con los valores casi intocables de una sociedad que se creía pura y pulcra, tuvo que educarse en una escuela religiosa; en donde, junto a otras alumnas, aprendió lo terrible que era desobedecer las órdenes…Si bien los recuerdos de su madre empezaban a difuminarse, nunca pudo sacar de su cabeza el ritmo de esa marchita.

La tristeza y la oscuridad interior contrarrestaban con la luz que se filtraba por los ventanales de la casa de sus abuelos, sobre todos los fines de semana, ya que de lunes a viernes era pupila de un colegio religioso. Parecía que el poder del sol llegaba de aquel pasado perdido y la nostalgia afectaba a la pequeña como una especie de oscuridad que no le permitía verdaderamente disfrutar del milagro de la vida. La madre de Julia no estaba para criarla, pero ¡que paradójica es la vida! Porque las chicas que tenían a sus madres, inmersas en una sociedad de hombres, les enseñaban a sus hijas a ser servidoras, obedientes y ella, sin madre, parecía aprender lo contrario, a expresar primero con muy largos silencios y luego con bronca, las injusticias que empezaba a percibir en los alrededores, soltando de su pecho sentimientos que se liberaban como palomas.

A los quince años, un día, Julia fue a la casa de una de sus amigas, en la que había una biblioteca; le encantaba entrar a esa gran sala repleta de libros, en ella sentía un olor y una energía especial. Había pertenecido al padre de su compañera, el que había fallecido cuando su hija era muy pequeña. Las dos amigas se pasaban horas hojeando y descubriendo un mundo mágico escondido entre los libros amarillos por el tiempo…Un día tomo un libro de uno de los estantes y, cuando miro la tapa sintió un nudo en la garganta, lo apretó fuerte contra su pecho, la Señora de la Rosa estaba en él: “La Razón de mi Vida”, Eva Perón, alcanzo a leer…y se acordó de su madre.