“ESTO ERA UN SUEÑO”

“ESTO ERA UN SUEÑO”

 

El miércoles último,  en la octava edición de la Feria del Libro en La Matanza, Marisa Guerín presentó su libro “La casa grande” basado en mitologías populares de la Argentina

“Esto era un sueño y los sueños dejan de ser sueños cuando se vuelven realidad”. Así comenzó la presentación de su libro, Marisa Guerín, visiblemente emocionada.

Recordó que desde chica empezó a escribir, “no por gusto, sino por necesidad” porque se aburría mucho en la casa grande donde vivía y donde tenía solo la compañía de adultos. “Por aburrimiento, principalmente en invierno, iba a la biblioteca de la casa para pasar el tiempo” hasta que descubrió la “magia” por la lectura.12011269_161687750838461_3048613937137206689_n (Copy)

Desde chica escribía poemas y se pasaba las horas buscando rimas. Luego continuó escribiendo “pequeños cuentos” que la hacían sentir “como un ser con ciertos poderes”. “Me apasionó siempre”, confiesa.

“Hace tiempo que digo voy a sacar un libro y lo tenía pendiente. Gracias a algunos compañeros que han leído mis cuentos, que me han apoyado, que me dijeron ‘dale para adelante’, me dije: ¿por qué no?”. Guerín buscó entre sus cuentos “los que tenían algo en común” y los ordenó bajo el nombre “La Casa Grande”.

“Los cuentos tienen en común la tragedia pero que dejan una enseñanza”, adelantó la referente social sobre el contenido de la obra y cuenta que para crear a sus personajes se basó en personas que fue conociendo a lo largo de su vida.

Explicó que “para interpretar mejor ‘La casa grande’, el lector tiene que saber que el cuento principal contiene cuentos entrelazados que se relacionan entre sí y que están diferenciados con márgenes mayores y tienen una identidad propia”.

“A mi (la secretaría de) Cultura (y Educación) me pidió que hiciera un video y me pareció lo más lógico que en el video estén reflejados mis compañeros de agrupación. Es muy difícil para mi separar mi vida privada de mi vida pública”, confesó.

Sin poder dejar de referirse a la política, aprovechó la presentación de su libro para declararse “una convencida de que La Matanza avanza”. Aunque reconoció que el año ´84, cuando comenzó a trabajar como docente, se mudó de Capital Federal a Ramos Mejía y creía que la localidad ramense era La Matanza.11028017_933505123399174_7016789910626697929_n (Copy)

Además destacó, como mujer, que Fernando Espinoza haya elegido a Verónica Magario como candidata a intendente. “Jerarquizó el género porque nunca a nadie se le hubiese ocurrido tener una mujer intendente y menos, algunos hombres”, dijo. Y agregó: “Las que las conocemos, es una persona que tiene palabra y la cumple. Yo me siento representada e identificada por ella, por eso estamos trabajando a todo pulmón. Hemos trabajado para las PASO y vamos a seguir trabajando porque esto no termina acá”.

Al terminar, la candidata a diputada pidió disculpas: “Ustedes perdones que yo les mezcle mi libro, ‘La casa grande’, con la política porque no puedo separarlo, está todo junto”.

 

SINOPSIS DEL LIBRO “LA CASA GRANDE”

 

La Casa Grande retoma las mitologías populares de la Argentina profunda: Entre Ríos, Corrientes, Santiago del Estero, Chaco, etc. Al mismo tiempo, sus tragedias son arrastradas por el río que surca nuestra historia. Amores desmedidos, vicios, odios, miedos, se enroscan en sus historias, desembocando en los más inesperados finales, provocando en el lector, el vacío que dejan las historias pasionales, y que se llena, luego, con nuevas ideas y deseos, que como dice su autora, viajan en barcos de papel.12019876_1900420483516572_4243380604006971475_n (Copy)

Como adelanto exclusivo y con la autorización de la autora, publicamos en Semanario “Quinto Poder” el cuento “El Negro Sosa”, que integra el libro “La Casa Grande” de Marisa Guerin.

 

EL  NEGRO SOSA

Hacía como tres horas que estaba cavando la zanja, ya tenía más o menos medio metro de profundidad, el problema era que el suelo estaba muy duro, y para colmo, ese día se había olvidado de ponerse el gorro, el que tenía el escudo de Boca:  su preferido. Se lo había regalado la Gringa para su cumpleaños. El sol de diciembre le hacía partir la cabeza, era un mal día, en el reparto de las palas a él le había tocado una con el mango flojo, no le quedaba otra que trabajar en esas condiciones… Pensaba: “Total faltan dos horas para irme a casa”. La Gringa seguro lo estaba esperando con un guiso carrero, esos que a él tanto le gustaban.

-¡Che Negro, tené cuidado en estabilizar las paredes y colocá el material removido a cierta distancia!

-¡Por un lado, viene bien que el terreno sea rocoso, así no hay posibilidad de desprendimiento, pero cavar a pala en este suelo es una joda!

Las palabras del capataz  trajeron al Negro de nuevo a la realidad. La transpiración le corría a chorros por la cara y él trataba de secarse con el antebrazo; ese movimiento mecánico le producía una mezcla de sudor y tierra que le cubría el rostro.12042867_933505090065844_9024401697125537204_n (Copy)

Había llegado las dos de la tarde, por fin había terminado el día; bebió lo último que le quedaba de agua fresca de una jarra que le había alcanzado una vecina. Valía la pena el trabajo, el agua potable iba a llegar a su casa, las obras ya estaban a dos cuadras y el Negro Sosa estaba orgulloso de ser partícipe de semejante realidad. Los casi tres mil pesos que le pagaban en la cooperativa lo ayudaban, pero siempre a la tarde tenía alguna “changuita en la construcción” como decía él. A veces se ponía difícil, principalmente los días de lluvias, cuando estaba todo parado. “Si no fuera por la Gringa que, para colmo, está de nuevo embarazada y los cuatro gurises, ya hubiera renunciado, yo puedo vivir con poco, o me hubiera vuelto a Corrientes”

Llegó a su casa, las gemelas que tenían cuatro años lo estaban esperando en la puerta, más atrás como asomándose estaba su mujer, sus ojos celestes lo seguían embriagando como esa noche en que se conocieron. Ella era como un pedacito de cielo que estaba muy cerca de él. Se lavó la cara, las manos y los brazos; se sentó a la mesa, cuando miró su plato servido se dio cuenta de que el almuerzo era un “guiso lavado”, sin carne. Se mordió los labios, sintió bronca, tenía ganas de llorar pero se lo impedía su “hombría”. Un lento veneno le carcomía la cabeza, no se resignaba a esa vida sombría y miserable, levantó la mirada y se encontró con los ojos de sus hijos, mientras las dos pequeñas le sonreían, luego miró a la Gringa. Hundirse en su mirada le daba un poco de paz y sosiego y, en silencio, empezó a comer.12046845_933506770065676_5093358820425663024_n (Copy)

Recordaba que nunca había creído en el amor, pero siempre había estado “enredado con alguna guaina”, como él decía, así como de paso, pero esa noche que llegó a Buenos Aires con su amigo Antonio, se había ido directo a la casa de su prima. Ese barrio de casas humildes le parecía una gran ciudad. Llegaron justo a la nochecita. Desde lejos escuchaban  música que, al acercarse a la casa, se hacía más potente; estaban festejando el cumpleaños de uno de los chicos de la familia. l pecho del Negro se agitó, las luces lo enceguecían y la música lo aturdía. Un par de parejas bailaban animosamente, su prima al verlo pegaba grititos de alegría. El estaba confundido, empezó a saludar a los presentes con cierto nerviosismo, de pronto encontró un par de ojos vivaces, tan celestes y brillantes como los espejos de agua de la laguna del Iberá. Su rostro duro como tallado en madera se dulcificó y  quedó como hipnotizado; la fue recorriendo con la mirada, era una chica como de veinte años, sus cabellos rubios y lacios le caían sobre sus hombros, sus brazos delgados estaban cruzados sobre su falda, la vestía una solerita rosa pálido con pequeñas flores blancas, unas sandalias de color claro dejaban al descubierto unos pies delgados. Volvió a mirarla a los ojos, se fue acercando lentamente hacia ella, las piernas le temblaban, y, sin decir palabra, la tomó de las manos para bailar. Al tenerla entre sus brazos, su corazón inquieto se aceleró.  Así paso un largo rato, la fiesta cada vez se animaba más entre chamamé y Sapucai; mientras los concurrentes reían y charlaban animosamente, el Negro, sin disimulo, la acarició con la mirada. Sentía que el perfume dulzón junto al olor a transpiración de ella lo embriagaban. Si bien había bebido algunos vasos de vino, esto era distinto, lo que sentía era una borrachera de los sentidos.

-¿Cómo te llamas?

-¡Mariana!

-¡Bueno, yo soy Rogelio Sosa; más conocido como el Negro Sosa! – Ella tiró la cabeza suavemente para atrás y empezó a reír, sus dientes eran tan blancos como su piel, sus labios carnosos y tentadores parecían una fruta recién cortada de un árbol-. ¿Vivís por aquí?

Ella tardó unos segundos en responder.

-¡Sí, estoy parando en la casa de mi hermano, él vive en esta misma cuadra, vine por uno o dos meses de vacaciones!, ¡hace poco que llegué de Entre Ríos! -Ella hablaba y su aliento rozaba el rostro del Negro, él saboreaba esa mezcla de olores que emanaba esa mujer.

A las pocas horas, ciertas luces se habían apagado, un grupo de músicos se la pasaban tocando chamamés tristones con guitarras y acordeón. Algunos de los invitados que habían tomado de más dormían apoyados sobre los tablones que hacían de mesa, un grupo de mujeres charlaban animadamente mientras otras iban levantando las sobras y los platos vacíos. El Negro junto a unas pocas parejas seguía bailando y, de golpe, como sin darse cuenta, la besó suavemente, rozó apenas los labios de ella y sintió que esa muchacha lo había cautivado para siempre. El duro corazón del Negro Sosa parecía desfallecer.SANY0033 (Copy)

Al otro día de su llegada, su prima le presentó al “Turco”, según ella, el referente del lugar.

-¡Nos ayuda con los problemas del barrio!

– El Negro se entusiasmó con la idea, el Turco era un morocho gordo y alto, hablaba a los gritos, era joven pero como le faltaban algunos dientes parecía de más edad y así, a los pocos días, el Negro era uno más del montón de los muchachos que rodeaban a este personaje.

Al mes se la había llevado a la Gringa a vivir con él, pues había conseguido un terrenito en una villa cercana a la casa de su prima. El Negro era feliz, siempre había tenido un espíritu aguerrido y solitario.

-¡Me tenés enamorado, Gringa, estoy acollarado con vos! ¡Siempre le voy agradecer al Gauchito Gil, porque el ocho de enero cuando fui a su santuario en Mercedes me subí a ese camión junto con mi amigo rumbo a Buenos Aires! ¡Me vuelve loco tu boca dulzona y tus dientes tan blancos como la flor del irupé;  te juro, Gringa, que me hacés reanimar la sangre cuando te reís, estoy seguro que me has hecho un payé!

Ella siempre reía por las ocurrencias de su marido.

Nunca se iba a olvidar el Negro del día que llegó la hermana mayor de la Gringa desde Entre Ríos. Hacía poco que había nacido su primer hijo, ésta entró con pasos ligeros y firmes, abrazó a su hermana y besó al bebé, pero a él, sin mirarlo, le tendió la mano como para saludarlo. La magia en que había vivido hasta ese momento con su familia desapareció, él sabía que los parientes de su mujer eran chacareros; si bien eran varios hermanos, todos trabajaban con el padre. La hermana que había llegado era maestra en su pueblo.

-¿Cómo podés vivir así?- preguntó la recién llegada a su hermana-, ¡tenés que venir conmigo a nuestro casa, por supuesto, trae a tu hijo! ¡Te mandamos un tiempito de vacaciones y mirá lo que terminás haciendo! ¡Mamá se enfermó por tu culpa!- La Gringa lloraba tímidamente, estaba  con la cabeza gacha, se secaba las lágrimas con la puntita del delantal que tenía puesto. -¡ En nuestro hogar tenés tu lugar, traé al bebé pero este hombre no va a ser bien recibido!SANY0037 (Copy)

El Negro escuchaba las palabras de la mujer mientras un dolor acerado le partía el corazón, pero por respeto se quedó callado. Sintió por primera vez la necesidad de ser otra persona. La Gringa, a pesar de sus lágrimas, levantó la mirada y, con una voz firme, casi desconocida, le contestó a su hermana:

¡Yo me quedo acá, amo a mi marido, él es todo para mí!

Su hermana dio media vuelta y caminó unos pasos; al llegar a la puerta, miró a la Gringa:

-¡Ya sabés que en casa tenés un lugar, tarde o temprano te vas a arrepentir de vivir aquí!

Y, dando un portazo, se fue.

-¡Mira Gringa, vas a quedar enamorada de mi pago cuando lo conozcas! ¡Lo único que vas a tener que tener cuidado es con el “Pombero”, éste es un duende petiso, delgado y velludo, con un gran sombrero de paja, recorre las siestas para cuidar a los pájaros, pero también se enamora de las mujeres, y si te ve a vos tan linda, seguro que te roba! ¡Para entrar al monte hay que tener cuidado con las vichas, siempre hay alguna yarará escondida, mi madre hacía una bolsita cosida y adentro le ponía unos dientes de ajo, después nos colgaba eso en el cuello, te juro que las ahuyentaba, nunca a ninguno de nosotros lo mordió una víbora!- La muchacha siempre lo escuchaba con mucha atención, se podía pasar ratos oyendo las historias del Negro sobre los Esteros del Iberá. -¡ Eso sí, a vos seguro que te van atacar los jejenes y polvorines, sos tan blanca que te van a desconocer!- Y juntos se reían.

Cada tanto el Negro pensaba en Colonia Carlos Pellegrini, su pueblo pequeño de calles de arena, recordaba a su familia que había dejado; su madre, con ojos vidriosos por las lágrimas, lo despedía ese día sintiendo un gran dolor, como teniendo un mal presentimiento, en cambio sus seis hermanos alborotados y alegres lo llenaron de besos y abrazos. Allá el Negro trabajaba por temporada acarreando ganado, arriando animales, llevándolos a lugares más altos, y cuando faltaba trabajo se iba a la laguna con sus hermanos, generalmente partían en una canoa en donde atracaban entre los camalotes y juncales. Siempre una boga, dorado o surubí llevaban a la casa, donde su madre los preparaba, terminando algunos de ellos en chupín.

Su pueblo era mágico, si bien la familia era humilde, no conocían el hambre, la naturaleza era generosa. Si no pescaban, cazaban algún carpincho, los cuales solían merodear cerca de la casa. El Negro añoraba su tierra, extrañaba principalmente a su madre, que los había criado sola a todos sus hijos cuando enviudó; “Ustedes se preocupan de traer algún bicho y yo pongo las verduras”, decía ella. Tenía una huerta esplendida, nunca faltaba mandioca, batata o zapallitos, unos cuantos árboles de frutales rodeaban la vivienda y un gran gallinero se encontraba en la parte de atrás de la morada. Cuando volvía todos los días a la tarde, lo recibía antes de entrar a la casa un olorcito a pan casero o torta frita. Con el que hablaba más de su Corrientes era con Luisito, su hijo mayor, éste había heredado de su madre el color de ojos y la piel, pero el último tiempo veía al chico más callado y delgado. “¡Tal vez porque ya tenía catorce años, el gurí parece que ni escucha!” ,pensaba el Negro; pero igual le seguía hablando:

-¡Ya te voy a llevar, a vos, a tus hermanos y a tu madre, ya van a conocer los Esteros del Iberá, eso sí que es un paraíso! ¡No vas a querer volver a Buenos Aires! ¡Te voy a enseñar a pescar dorados, éste es un pescado guerrero y saltarín, lucha cuando lo intentas pescar, vos tenés que dejar que se lleve la tanza y recoges, así unas cuantas veces hasta cansarlo, pero tenés que tener cuidado con los dientes, si el bicho es grande, te puede tirar un mordiscón y te lastima, le tenés que  sacar el anzuelo con una pinza!-¡eso sí, la mejor carnada es la cabeza de alguna boguita!- su hijo lo escuchaba con la mirada perdida -¡che, ¿me estás escuchando?-…-¡si papá!-¿Cuándo vamos a ir? Preguntó el chico -¡eso va ser difícil por ahora, tengo que juntar plata para los pasajes!-¡pero te juro por la virgencita de Itatí que los voy a llevar!¡ allá si se respira paz y tranquilidad!-¡ lo único que los chicos tienen que dormir la siesta, porque sino puede aparecer el Yacy Yateré!-… ¿Quién es ese? Preguntó el hijo intrigado! -¡el duende que se roba los chicos que no duermen!- aseguraba muy serio el padre, Luis apenas sonrió. A metros estaba Laura, la segunda de los hermanos, morocha, petisa, gordita y retacona, faltaba poco para que cumpliera los trece años….-¡papá! …¿vos crees de verdad en ese duende? Preguntó ella y empezó a reírse en forma cómplice con su hermano.12038219_933504980065855_1547867729359868318_n (Copy)

-¡Gringa controla mejor a la Laurita, mira, ésta salió a mi hermana, la más chica que vivía cambiando de novio, ayer la gurisa estaba con la jeta pintada de rojo, todavía es muy chica, creo que anda noviando!…si no la controlas un poco podemos tener problemas, los otros días lo ví al “Turco” mirándola y no con buenos ojos!- la mujer lo escuchaba como no entendiendo bien lo que le decía su marido. Habían pasado quince años de aquella noche que se habían conocido, el paso del tiempo le habían sacado esas lucecitas en la mirada como decía él que su mujer tenía, el brillo se había opacado, su mirada se había vuelto “tristona” pero la Gringa seguía manteniendo cierta sensualidad, a veces la escuchaba llorar despacito en las noches, y el se volvía cobarde porque se quedaba quieto y callado, y otras veces la abrazaba amorosamente.

Ese domingo de julio el Negro se había sentado debajo de un árbol que estaba en el patio de su casa, mientras tomaba unos mates y escuchaba unos chamamés de Transito Cocomarola (eran sus preferidos)  preparaba sus cuchillos para afilarlos, de golpe sintió que golpeaban las manos en el portón de alambre que hacía de puerta de entrada, vió a Jacinto, su compadre -¡entra, vení, acompáñame con unos amargos!- el visitante acercó una silla y se sentó a la par, el Negro se dio cuenta que algo no andaba bien , la cara de Jacinto estaba sombría, como que guardaba una gran pena.-¿Qué te pasa compadre, porque esa cara de velorio?-pero mientras preguntaba se sentía inquieto y caviloso.-¡mirá Negro, me duele lo que te tengo que contarte, pero vos sos como un hermano para mí!- un silencio reinó por unos instantes, Jacinto siguió hablando pero con una vos quebrada-¡Luisito está en la joda, seguramente que las juntas del barrio lo han llevado a esto, muchos vecinos lo han visto, pero nadie se anima a contártelo…está con la jilada. El Negro quedó callado, seguía en su afán de afilar su facón, el que le había regalado su madre el día de la partida, había pertenecido a su abuelo, el facón era de filo completo y contra filo, su empuñadura se destacaba porque era de plata, exquisitamente labrado, el lo cuidaba como su mejor tesoro, también tenía un verigero de punta aguda que había sido de su padre, lo usaba generalmente en los asados. Un par de lágrimas le caían por su rostro curtido….de golpe empezó hablar como que no había escuchado nada-¡compadre, cuando tengas que afilar tus cuchillos tráemelos, tengo una piedra esmeril de grano fino…..mira, tenés que tener paciencia para sacarle buen filo, eso sí lo tenés que mojar continuamente, y por último acaricias el cuchillo como si acariciaras una mujer con la chaira, ésta asienta el filo del cuchillo… las palabras se le cortaban por el llanto contenido, y así de golpe dejó de hablar.

Habían pasado dos semanas de ese acontecimiento, la sentó a su mujer frente de él, y mirándola a los ojos él empezó hablar dulcemente-¡Gringa, si me llega a pasar algo prométeme que te vas a tus pagos con los chicos, por favor aquí no te quedes, allá tenés a tu familia, y no les va a faltar nada, Buenos Aires es jodido y más para la gente pobre como nosotros, pero júrame que siempre me vas a guardar en un rinconcito de tu corazón!- la mujer lo miraba sorprendida…-¡Negro, no hables pavadas, ¿Qué te puede pasar?-¡que se yo, uno nunca sabe, y la abrazo dulcemente, un largo rato.

Eran las cuatro de la mañana, el Negro le levantó despacito, a pesar del frío se bañó con agua helada para no hacer ruido en la cocina y poner una cacerola de agua a calentar, era la madrugada, cuando los sueños y los deseos se van desvaneciendo…cuando la magia de la noche va desapareciendo y la realidad del día empieza a golpear la piel llegando al alma. Lentamente empezó a vestirse, se puso el vaquero, el que se había comprado con su último sueldo, la camiseta de mangas largas que le había regalado su mujer, la camisa leñadora, esa abrigadita que tanto le gustaba, las medias de toalla, para ponerse después las zapatillas viejas, las que usaba los domingos cuando jugaba al fútbol en la canchita de su barrio-¡mis zapatillas nuevas le van a venir bien a Luisito, éste gurí ha crecido tanto, parece mentira que le ande mi calzado!-pensaba el Negro. Levantó el brazo y tanteó arriba del ropero hasta que agarró el facón del abuelo, lo tenía envuelto en papel de diario para preservarlo de la humedad, se lo colocó en la parte de atrás, en la cintura, apretado por el cinturón, con el mango hacia la izquierda porque era zurdo, por último se puso la campera negra, la que tenía polar adentro. Fue al dormitorio de las nenas, en una cama dormía Laura-¡ésta chinita dormida es más parecida a mi hermana, espero que no le dé trabajo a su madre!- pensó el Negro, en la otra cama dormían juntas las gemelas, las miró y sonrió-¡con éstas hicimos una buena cruza, negritas como el padre pero con los ojos de la madre!- fue hasta la cocina, Luis dormía sobre un gran sofá desvencijado. El Negro no pudo callar un llanto casi apagado, besó suavemente en la frente a su hijo, caminó unos pasos y corrió la cortina que separaba la cocina de su dormitorio, desde ese lugar contempló a la Gringa, se acerco sentándose lentamente en un costado de la cama, se quedó un rato mirando a su mujer que dormía placidamente, sentía placer pensar en esa locura que siempre había tenido para amarla, le corrió suavemente un mechón de cabello que le caía sobre la cara, corrió las frazadas tapándola hasta el cuello. Con pasos silenciosos se dirigió hasta la puerta de salida y suavemente la cerró. Al salir un aire frío le golpeó la cara…empezó a caminar por el pasillo de la villa, una sensación frustrante y un gran desamparo sentía desde lo más profundo de su ser, pero sabía que tenía que salvar a su familia, su amor propio estaba herido, no se había dado cuenta que de apoco se había derrumbado lo que él creía que había construido todos esos años. De todas formas no estaba arrepentido haber llegado a Buenos Aires, sino hubiese venido no hubiese conocido a su Gringa, de la cual seguía enamorado de ella como el primer día.12042867_933505090065844_9024401697125537204_n (Copy)

Se había colocado la capucha de la campera,-¡seguro que está helando!- pensaba mientras caminaba con las manos en los bolsillos, las quince cuadras que tenía que caminar le parecían eternas, mientras las recorría recordaba los años compartidos con su mujer, nunca se había olvidado de la noche que la había conocido, sus ojos, su mirada…su olor que lo habían encendido al extremo todos estos años. Sin darse cuenta llegó hasta la estación del ferrocarril. Empezó a caminar por las vías, su perro lo seguía a cierta distancia, al encomendarse a la Virgen de Itatí se sintió reconfortado, pensó en sus hijos y su mujer, seguramente que Entre Ríos sería lindo, los gurises se van acostumbrar pronto a un nuevo paisaje. Sintió a lo lejos el silbido del tren, una luz que le pareció difusa en pocos momentos la vio resplandeciente, lo enceguecía, por último se acordó de las palabras de su padre “un hombre tiene que morir con su facón” un ruido ensordecedor lo distrajo de sus pensamientos.

Las palabras de Jacinto sonaban tristes, pero como dando fuerzas-¡Gringa, acá tenés los cinco pasajes para Entre Ríos, viajas mañana por el Expreso Urquiza, te lleva  justo hasta tu pueblo…los vecino hicieron una colecta pero no alcanzaba, el resto lo puso el Turco. La mujer miró al cielo… presentía que el Negro la estaba mirando, y con una mueca que quiso ser una sonrisa tomó el sobre que le daba su compadre.